Los méritos de un valiente y el desprecio de su gente

Hoy leía una noticia, vencida hace ya unos días, según la cual se homenajeaba la figura de Blas de Lezo en Cartagena de Indias (Colombia).

Enardecido por la noticia, viendo a los infantes de marina colombianos rendir honores ante la estatua del tullido almirante, me vino a la cabeza cierta reflexión (cada uno, con lo suyo): es curioso que, Blas de Lezo, un vasco de pro, guipuzcuano, para más señas, enfrentó a los británicos, con una fiereza y coraje incomparables. Paradójicamente, centurias más tarde, un poeta de Bilbao, reinventó la enseña de los británicos, la “Union Jack”, decolorándola como emblema de su patria, por ser objeto de adoración (tanto los británicos como su amada patria, quiero decir). No es menos cierto que el tradicional revanchismo español, el mismo que desmereció la formidable labor de Blas de Lezo en Cartagena de Indias, también le puso en la picota al enfrentarse al señor político del lugar: Sebastián de Eslava, virrey de la Nueva Granada. Esa costra que de manera recurrente nos levantamos para descubrir que aún queremos sangrar, motivo por el cual, ¿quién querría ser español?

Hay diferencias entre los anglosajones y los ibéricos de pura cepa, sin duda. Empezando por las “deeds” o hazañas. Para los sajones, la no-derrota en cámara lenta de la Grande y Felicísima Armada, si bien un pufo, fue vendida y difamada como "la Armada Invencible”—valgan las comillas—. La mayoría de sus componentes dieron con sus tablas calafateadas en el Mar del Norte, a causa de galernas ingobernables, antes que ante el empuje de los navíos y soldadesca británica. Para nosotros, españoles, el hecho de que, posteriormente, una coruñesa, María Pita, y cuatro mujeres más, dieran para el pelo, en nombre de sus esposos, a la Contraarmada, con la que los propios británicos vinieron a dar la réplica, es una gilipollez, como otra cualquiera. Sin duda alguna, habiendo sido al revés las circunstancias, aquí habríamos calificado a la Grande y Felicísima Armada inglesa como el “Amanece que no es poco…” y los británicos de a poco nos invaden. Por su parte, los “brits” (cuyas comillas estoy empleando con abundancia en mi disertación), habrían cantado gestas acerca de la gran “Mary Whistleblower”: the woman who threatened the thousand insane Spanish Army—enfrentando a mil pirados españoles, vamos—.

Tal vez no nos encontremos a gusto con nosotros mismos; quiero decir, los unos con los otros, desde hace decenios, milenios, incluso. Por eso andamos siempre dándonos por saco mutuamente, echándonos de nuestras tierras. Creando particiones y nuevos países. Jugando al Risk (gran juego, yo era muy malo, supongo que por eso soy así). “Aparta, que apestas”: Marcamos lindes de un huerto que da para poco, todo hay que decirlo, pero en el que hay mucha vidilla, y nos ponemos aranceles, para recoger los tomates allí, para recoger los pepinos acullá… y al que le toquen los rabanitos en su nicho, lo siento, se joda. Por eso mismo, supongo, vemos bien que haya ex terroristas en nuestras instituciones, o un tipo más vago que el sastre de tarzán vistiendo trajes en Moncloa, que fraudes de milmillones pasen de largo ante una valiente jueza a la que le comen la moral hasta lo indecible, mientras todos atendemos a otro juez que procesa a un pobre diablo al que no le bastó con ser yerno del rey, o una camarilla de locos abotonados clamando en el hemiciclo por un gasto social que ya no va a haber Dios que lo pague, o troceando las haciendas entre los que sí pagan y los que pagan “lo que les sale del pijo”, cosas del fuero—los fueros, ojito, que los daban los reyes para ganar favores en las incipientes ciudades, cuando la sociedad agraria medieval salía de la era oscura—. Supongo, en definitiva, que somos, como hemos sido y demostrado ser. Quiero decir: la misma energía que derrochamos en escupirnos, maltratarnos, despreciarnos, desvalijarnos, vejarnos o vendernos mutuamente, es la misma que empujó a Blas de Lezo y 600 acantonados a echar abajo a las ansias de Vernon y su: previamente indiscutible conquista de Cartagena de Indias… que va a ser que no, al final. Los británicos estaban tan sobrados, que mandaron noticia de la victoria a ultramar, antes de haber despellejado la piel del oso. Acuñaron monedas conmemorativas y todo. A los pies del Castillo de San Felipe, se dejó el pellejo del plantígrado la jauría inglesa, a manos de unos valientes, que no dieron ni un paso atrás, teniendo el caso perdido. Su director de orquesta: un tullido y tuerto almirante de la marina de guerra. Puede sonar a mucho, pero es que es más. Por eso se sigue hablando un fino y elegante español en Colombia, igual que se habla en Panamá, en Costa Rica, en México, en Honduras, en Dominicana y en tantos otros lugares. “Con los británicos les/nos habría ido mejor”, que dirá alguno. No lo sé, la verdad; fijaos en el caso de Belice: mientras denigraban a su población como esclavos en los albores del XIX, invadían sotto voce, Guatemala. Y es que esta gente, no tiene remedio.

A modo de conclusión, cada uno entienda como quiera, eso es ser español (o lo que quieran ser): contrastes. Los mismos contrastes que hacían que dos borbones entregaran España en Bayona a las tropas napoleónicas, mientras Agustina de Aragón se ponía al frente de una batería en el sitio de Zaragoza (y es que no pasarán, cojones…), culminando en la proclamación de la Constitución de 1812, estando medio país aún bajo asedio gabacho. Abandonados por sus reyes, vendidos por sus líderes, por quienes les debería proteger, y que serán objeto de repudio, igual que las instituciones que digan representar, una y otra vez, los españoles optaron por la libertad, lucharon por ella, como siempre han hecho: cada uno por su p#ta cuenta.

Buenas noches, y buena suerte.

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